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LUCERO Si dijo Jeremías, amenazando en truenos las impías sacrílegas acciones de esa Ciudad, entre otras maldiciones, que aposento serían las entrañas del Dragón más horrible, cuyas mañas hijas son del pecado; y no sólo Dragón, sino pisado también la dulce lira me interpreta del poeta rey, del músico profeta. Si el Águila divina, que su vista los rayos examina de aquel Sol Verdadero, de cuya llama ayer era Lucero, y apenas hoy pavesa de su llama, por una y otra voz dragón me llama; si mil veces (de rabia y furor lucho) el nombre de dragón en mí lo escucho, ¿qué mucho que lo sea, y que uno y otro desgarrar me vea, mantenido embrión de su veneno el duro vientre, el escamado seno? Lucero fui divino, que pretendió en las luces que previno, sin ser más que lucero, lucir más, que no el Sol más verdadero, aunque ya la soberbia que me inflama, me privó de pavesa de su llama, mas el desprecio que en mi pecho hoy siento se ha de dorar con otro error que intento. Alto empeño me guía, pues, a turbar el rosicler del día; dejo el abismo y en el Mundo entro. ¡Oh tú, que el pavoroso oscuro centro de ese peñasco habitas escondida, mientras no te declaras homicida lid de la Gracia, siendo escandalosa de la más dulce paz, caliginosa madre letal del sueño, alimentado monstruo del beleño, que engendra el negro monte de la luna, cizaña de la más feliz fortuna que han de ver los mortales, línea a los bienes, término a los males, mesonera del llanto, huéspeda de los reinos del espanto, panteón del siglo, suma de la fama, soplo infiel de la luciente llama, sombra del cuerpo, cuerpo de la sombra,
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